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domingo, 1 de septiembre de 2013

La honda de David (Augusto Monterroso)

Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David.
Pasó el tiempo
Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.
David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.
Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.
Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo.
FIN

miércoles, 28 de agosto de 2013

La realidad que nos apabulla

Hoy me he levantado con ganas de llorar por la maldad que hay en el mundo. Quizás debiese desconectarme de todos esos medios que actúan de cordón umbilical entre mi humilde posición y esa enorme obscenidad que nos rodea; quizás me vendría bien no andar por la calle; otra opción sería desconectar el teléfono y darme de baja en esa gran entrada al infierno que es Internet. Pero no, prefiero seguir interactuando y mantengo mi unión con lo ajeno. Evito de esta forma el ser un vegetal y lo hago como si de eso dependiese mi vida, pero también como si fuera algo habitual el jugarme ese precioso bien que es ser un ser viviente, y valga la triple redundancia
En realidad soy un héroe, pues ya debería estar muerto si analizamos los deseos de los demás: mi vecina me quiere muerto por poner la música mi alta; mi jefa también para no tener que soportar a un funcionario más del sistema que además no entiende de cotilleos; a mi madre también le gustaría aunque lo niega, pero yo la espío y le oigo decir cosas sobre estar siempre juntos; mis amigos están hartos de que no les invite a copas y que decir del dueño de la cafetería al cual nunca le dejo propina. Pero esto no es todo, si ampliamos el círculo nos encontramos que los aficionados del equipo de mi ciudad tampoco me pueden ver pues soy del F. C. Barcelona; por otro lado  el presidente del gobierno no aguanta que le vote pero a la vez estime cambiar mi voto en las próximas elecciones; los de la derecha me miran como si fuese de otro planeta y los de centro quieren que les acompañe en su bajada al infierno. También los artistas no son menos: no soportan que me introduzca en sus vidas y quieren castrarme por mis pensamientos obscenos con respecto a ellos
Visto lo visto, hasta yo me sorprendo de mi buen humor y la deferencia con que los trato. Sé que un día me vencerán pero espero que al menos no lloren por mí. Yo en cambio si lloro por ellos, porque la realidad se escabulle con la maldad que no dominamos. El sufrimiento asciende más que el Down Jones y no podemos darnos cuenta que las hipotecas del sentimiento se pagan con dolores de espalda, de esa espalda que no vemos pero que acaba por crearnos extrañas posturas, y no precisamente las del Kamasutra.
De todas formas, debo perdonarlos; mi vida no es tan importante aunque no pase de la media de cobardía que nos ataca. Por eso me encierro en mi habitación y os escribo estas frases: todo con la esperanza de que hagáis algo. Entendedme bien: a mi ya no podéis salvarme, pues he inundado mi mundo de odio y ya sólo cabe la huída hacia delante; ésta consiste en olvidar las certezas basiliscos y nadar en el mar de la indiferencia. Un mar servido en vaso de tubo, con cubitos de hielo y una mirada de satisfacción a la rubia oxigenada que estoy imaginando en mis brazos.
Debería darme vergüenza: la vida consiste en hacer algo más que dar las gracias a todos los vendedores extranjeros de chucherías o películas piratas, la vida debe ser algo más que avanzar con los ojos cerrados. En el fondo me tengo merecida mi ración universal de odio ajeno; espero al menos que estas palabras me sirvan de consuelo. Un consuelo de invernadero para criar las verduras del compromiso; un consuelo con el que crear un sentimiento, no ya por mí, pues ya estoy perdido, pero si por esos que me odian, pues nunca supe quererles como realmente me quiero a mi mismo. Y es que en el fondo soy un egoísta con un cencerro para evitar a todos esos seres tristes que diariamente salen a mi encuentro.

                                                               Juan Carlos Pazos